Mauricio Llaver

Paul, Ringo y su “One Last Ride”

Paul McCartney (83 años) y Ringo Starr (85), acaban de anunciar que en 2026 harán una gira llamada “One Last Ride”, lo cual, sólo de saberlo, me llena profundamente de emoción. Por eso comparto este capítulo sobre mi viaje a Liverpool, que aparece en mi libro “Viajes con el alma despierta”.

EN LIVERPOOL, DE GIRA MÁGICA Y MISTERIOSA

De pronto aterrizamos en Liverpool, y cuando íbamos saliendo del avión vimos el cartel: “Welcome to Liverpool John Lennon Airport”. Los Beatles. A eso habíamos ido.

Nos tomamos un bus hasta el centro, y ya se notaba que estábamos en Inglaterra. Todo ordenado, tranquilo, prolijo. El chofer me enseñó a poner las monedas en el counter y fue el primer gesto de amabilidad que encontramos. Unas horas después, un portero de hotel nos acompañó hasta la vereda para mostrarnos en qué dirección teníamos que ir para comprar los boletos de tren para Londres, adonde íbamos dos días después.

Lo primero que hicimos fue ir a The Beatles Story y The Fab 4 Store, la tienda oficial y el museo del grupo, y reservar el “Magical Mistery Tour” del día siguiente.

El museo nos fascinó. Estaba todo. El diario de Liverpool en que se publicó la primera nota del grupo (“Mersey Beat”), las fotos de los comienzos, la recreación de la cabina en la que grabaron el primer disco (en ocho horas, un long play entero), la reproducción de la tumba de Eleanor Rigby, el piano blanco de “Imagine”… todos objetos de las canciones que habían revolucionado mi adolescencia desde que por primera vez escuché “She loves you”, en un disco que me regaló mi mamá cuando cumplí 13 años.

Pero el alma se me terminó de colmar con el Tour del día siguiente.

La casita de Ringo Starr es tan humilde que ni siquiera nos bajamos del bus. Nos la señalaron desde la esquina, y era una entrada igual a todas las otras.

La de George también es una vivienda humilde, pero ya nos bajamos y la vimos desde afuera. El guía contó que vivía una viejita que, cuando la compró, no sabía que allí había transcurrido la infancia de George Harrison. Por suerte era muy simpática, porque todos los días el tour le pasaba dos veces por la puerta de la casa.

Después llegamos a 20 Forthlin Road, y ahí sí me emocioné. Era la casa de Paul McCartney y ahora es monumento nacional. En ese living había un piano, porque el padre de Paul era músico, y estimaban que allí Paul y John habían compuesto unas cien canciones. Yo me imaginaba a los vecinos quejándose por los dos mocosos que hacían ruido, sin sospechar lo que se estaba cocinando musicalmente adentro de ese lugar.

La casa de Paul.

De ahí fuimos a “Mendips”. Así se conocía a la casa de John Lennon, en Menlove Avenue, donde lo crió su tía Mimí. Los libros sobre los Beatles cuentan que Paul iba a buscar a John a su casa en bicicleta, por esa calle, con todo el entusiasmo adolescente, para juntarse a tocar la guitarra y cantar.

También estaba “Strawberry Field”, una especie de campamento al que iba John en su niñez, que cerró muchos años después cuando Yoko Ono dejó de subsidiarlo. Y sobre todo estaba Penny Lane, que me produjo la emoción más grande de toda la visita.

Penny Lane no es solamente una calle, sino toda un área, que conserva muchas de las cosas que Paul recordaba cuando compuso la canción. El tema comienza así: “En Penny Lane hay un barbero que muestra fotografías, de cada cabeza que ha tenido el gusto de conocer, y todas las personas que van y vienen se detienen a saludar” (“In Penny Lane there is a barber showing photographs / of every head he’s had the pleasure to have known / and all the people that come and go / stop and say hello”). Y bueno, la peluquería estaba.

Después habla de “la parada en el medio de la rotonda” (“the shelter in the middle of the roundabout”), y la parada de micros en medio de la rotonda, donde los muchachos se juntaban a perder el tiempo, también estaba.

Penny Lane no era una fantasía. Era un relato con algunas cosas reales que de pronto yo tenía enfrente de mí, y las asociaba a su música, a su trompeta piccolo legendaria, a la voz de Paul y a la frescura vital de esa, la canción más hermosa del mundo. Y me preguntaba: ¿Cómo puede ser que yo esté justo aquí?

La peluquería en Penny Lane. Que… ¡existe!

Por si fuera poco, nos quedó el remate de The Cavern, el sótano húmedo, irrespirable (una reproducción al detalle, porque el original se demolió, pero estaba en la misma Mathew Street), en el que los muchachos empezaron a hacerse oír, y ahí nos tomamos unas cervezas mientras escuchábamos bandas de covers y mirábamos las fotos de los primeros tiempos mágicos, colgadas en las paredes húmedas y llenas de graffitis. Un gran remate para un gran día, grabado a fuego en mi memoria sentimental.

Tengo amigos, algunos incluso músicos, amantes de los Beatles, que han ido muchas veces a Inglaterra pero no han hecho la tirada hasta Liverpool. Está a dos horas de tren de Londres y dejarlo pasar es un grave error. Porque en Penny Lane hay un barbero que muestra fotografías de cada cabeza que ha tenido el gusto de conocer, y todas las personas que van y vienen se detienen a saludar.

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