
Una de las maravillas del vino es que es un placer absolutamente cotidiano, y que con “su música, su fuego y sus leones” (Borges) puede mejorarle un día a cualquiera, independientemente de su precio, origen, etiqueta o composición varietal. Pero a veces también puede proporcionar placeres superiores, indescriptibles, con algunas de sus grandes creaciones, y eso me sucedió esta semana con una degustación vertical de 10 cosechas de Felipe Rutini que su hacedor, Mariano Di Paola, compartió con amigos gracias a una cata virtual que realizó con clientes del Uruguay. La recorrida incluyó las cosechas 1994, 1997, 1999, 2000, 2002, 2003, 2004, 2006, 2008 y 2009 y resultó, en la práctica, un paseo por la evolución del vino argentino en las últimas tres décadas, donde el color, el aroma y los sabores reflejaban desde las técnicas de elaboración hasta las tendencias de consumo de cada período. En un viaje como ese, uno puede apreciar cómo el vino es siempre resultado de un tiempo determinado, y cómo es algo vivo que cambia y se adapta según las tendencias de los mercados y el paladar de los consumidores. Si tuviera que quedarme con uno solo elegiría el 2002, un vino redondo, perfecto, antiguo, fresco, con evolución y fruta al mismo tiempo, una experiencia inolvidable. Pero el 1994 no sólo estaba de pie sino también estupendo, con unos sorprendentes aromas mentolados a pesar de sus 31 años, mientras que el 2009, último de la serie, amenaza con una evolución exquisita para los próximos lustros. Felipe Rutini es una de las grandes marcas nacionales y, con su corte histórico de Cabernet Sauvignon, Merlot y Malbec, ha encontrado una llegada única a los consumidores argentinos y extranjeros. Esta memorable degustación de Mariano y su equipo ha honrado tanto su pasado como su vigencia y su futuro.

