Mauricio Llaver

Una mendocina en Madrid

María Laura Ortiz Chiavetta es mendocina, reside en Madrid y trabaja internacionalmente en la intersección entre vino, lujo y creación de valor. Es fundadora de Winifera y Winelux, autora de The Luxury Pairing Method, colaboradora de Wine-Searcher Wine Voices y Academy Chair de The World’s 50 Best Vineyards para Argentina. En octubre presentará en China, en el Congreso de la OIV, un paper sobre la «crisis de significado» de la industria del vino. Texto firmado en primera persona. Contacto: laura@winifera.com | marialauraortiz.com/links

Por María Laura Ortiz Chiavetta

Vivo en Madrid desde hace cinco años, pero hay algo que nunca cambió: cuando pienso el vino, sigo pensando desde Mendoza.

Madrid se convirtió para mí en un extraordinario hub de trabajo. Desde acá puedo estar en Londres en unas horas, cruzar a Italia, viajar a Sudamérica o conectar con Asia con una facilidad que sería imposible desde muchos otros lugares. Pero Mendoza sigue siendo el punto desde el cual aprendí a mirar esta industria.

Quizás por eso una frase que utilizo mucho últimamente resume bastante bien mi vida profesional: Based in Madrid. Deep roots in Mendoza. Working globally.

Este año esa geografía se volvió particularmente evidente.

Después de casi veinte años vinculada profesionalmente al vino, estoy atravesando una etapa en la que muchas de las cosas que fui haciendo -consultoría, escritura, viajes, concursos, lujo y análisis sensorial- comenzaron finalmente a encontrarse dentro de una misma conversación.

Una de ellas es la publicación de The Luxury Pairing Method, mi nuevo libro.

El título puede llevar a pensar inicialmente en maridajes gastronómicos, pero el libro plantea otra cosa. Utiliza al vino como una disciplina desde la cual leer el lujo y lo pone en conversación con mundos como la moda, la joyería, la hospitalidad, el diseño y las grandes marcas.

Me interesa entender por qué algunas cosas generan valor genuino mientras otras simplemente parecen costosas.

En el vino, el origen importa. El tiempo importa. La escasez debe ser real. La percepción puede modificarse por el servicio, el contexto y la historia. Pero, finalmente, todo tiene que ser coherente.

Esa misma estructura puede ayudarnos a mirar otros sectores del lujo.

Hace poco, Marc Kent, de Boekenhoutskloof en Franschhoek, me escribió después de leerlo. Tras tres décadas en la industria del vino, me dijo que el libro le había dado mucho que pensar y, especialmente, que lo había llevado a ‘recalibrar’ su manera de pensar el futuro.

Para una autora, pocas devoluciones pueden ser más valiosas.

Al mismo tiempo, este año comencé a escribir para Wine-Searcher Wine Voices, una oportunidad que me permite trabajar desde otro lugar que también me interesa especialmente: mercado, posicionamiento, regiones y creación de valor.

Cada vez me interesa menos hablar del vino exclusivamente desde la botella. Me interesa lo que ocurre alrededor.

Por qué una región logra construir reputación y otra no. Por qué dos vinos técnicamente extraordinarios pueden tener destinos comerciales completamente diferentes. Por qué algunas bodegas consiguen convertir territorio, historia y cultura en valor, mientras otras tienen activos igualmente interesantes pero no logran hacerlos visibles.

Y, sobre todo, qué está ocurriendo con la relación entre el vino y las nuevas generaciones.

Ese será precisamente uno de los ejes de mi próximo viaje.

En octubre viajaré a China para participar del Congreso de la Organización Internacional de la Viña y el Vino, donde presentaré un trabajo que parte de una idea sobre la que llevo tiempo investigando: la industria del vino no atraviesa únicamente una crisis económica o generacional. También atraviesa una crisis de significado.

El vino tiene miles de años de historia. Ha sobrevivido a innumerables cambios sociales, económicos y generacionales.

Por eso me cuesta creer que la explicación actual sea simplemente que ‘los jóvenes no quieren tomar vino’. Creo que la pregunta es bastante más interesante: ¿qué significado tiene hoy el vino para alguien que no heredó nuestros códigos?

Durante décadas, la industria se preocupó por enseñar variedades, regiones, añadas, puntuaciones y técnicas de elaboración. Todo eso sigue siendo importante. Pero quizás una nueva generación esté preguntando otra cosa.

¿Por qué debería importarme? ¿Qué representa? ¿Qué relación tiene con el lugar, con la cultura, con las personas y con mi propia forma de vivir?

En ese contexto aparece otra idea que atraviesa buena parte de mi trabajo actual: las bodegas no son propietarias absolutas del vino. Son custodias temporales de una pequeña parte de su historia.

Una familia puede administrar una bodega durante dos, tres o cinco generaciones. Pero la cultura del vino existía antes y, con suerte, continuará mucho después.

Esa mirada sobre tiempo, legado y custodianship también está en el centro de otro de mis proyectos editoriales, WINELUX – Wine, time and cultural custodianship.

Quizás por eso, aunque mi oficina esté en Madrid y pase buena parte del año viajando, Mendoza aparece permanentemente en mi trabajo.

Porque allí aprendí que el vino nunca es solamente un producto.

Es paisaje. Es economía. Es familia. Es agricultura. Es cultura. Es hospitalidad. Y también es una forma de interpretar el mundo.

Hoy trabajo entre más de veinte mercados, escribo, asesoro bodegas, participo en organizaciones internacionales y continúo viajando para observar cómo distintas culturas construyen valor alrededor del vino.

Pero cuanto más viajo, más evidente resulta algo: las raíces no necesariamente nos atan a un lugar. A veces son precisamente lo que nos permite movernos por el mundo sin perder el punto de vista.

Madrid es hoy mi base. Mendoza sigue siendo mi raíz. Y entre esos dos lugares se está construyendo buena parte de lo que quiero contar en los próximos años.

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